Cuando Ibiza era eminentemente rural las fiestas las marcaba el calendario del campo. Con la llegada del verano se celebraba el fin de la cosecha, cuya abundancia venía determinada por la benevolencia del elemento agua. En torno a los pozos se organizaban bailes a modo de tributo, una tradición milenaria que todavía hoy sigue viva. El último de julio los danzarines del pueblo se reúnen en torno al pozo de Labritja. Bailan, brindan con vino y se divierten.