Marga Molina, nuestra ‘bailaora’ más ilustre, representa el movimiento elevado a la quinta potencia. No puede, ni tampoco quiere, estarse quieta. Durante la entrevista, realizada en un céntrico bar de Vila, se muestra como lo que realmente es: una mujer dinámica, inquieta, impulsiva y visceral. Puro nervio, un torbellino gestual que casi resulta contagioso. A duras penas reprimimos los deseos de taconear. No le preguntamos su fecha de nacimiento por caballerosidad. Todavía hay clases.
Siempre aparentará menos años de los que refleja su carnet de identidad. Se presenta a la cita lozana y radiante, ajena a las bochornosas temperaturas exteriores de una tarde cualquiera del mes de Agosto. Ella misma se encarga de sumar otros dos adjetivos a la definición periodística: “Creativa e imaginativa”. Posee tantos pares de zapatos y vestidos que se ha visto obligada a alquilar un local a modo de ropero. En su casa no cabe semejante parafernalia. Allí, en su espacio íntimo, disfruta del tiempo al máximo. Vive al día, sin las angustias filosóficas de quienes temen el futuro.
“Los artistas somos tipos bohemios”, afirma esta mujer de bandera, guapa, elegante y dicharachera. Vio la luz en Madrid, cosas del destino, y por sus venas corre sangre andaluza, la de su madre, natural de Jaén. El padre y uno de los abuelos cantaban, nada serio, en plan de amigos. “Empecé a bailar cuando apenas levantaba dos palmos del suelo y lo seguiré haciendo mientras el cuerpo aguante. Moriré así”, explica Marga con su voz melodiosa. Brinca en la silla. De jovencita pudo haber entrado en el Ballet Nacional, pero se lo desaconsejaron sus estudios y el criterio familiar. Hizo caso a sus progenitores y completó su formación integral. Fue miembro destacado de las compañías de Lucía Real, Camborio, María Rosa y Carmela Greco. Actuó junto a Antonio Canales y Joaquín Cortés, dos auténticas estrellas. Probó las mieles del éxito sin empacharse. Y en 1995 se instaló en Eivissa, donde ejerce la docencia en el Centro Internacional de Danza Ilenia Vilar.
“Vine por amor y me quedé. La isla me encantó. Aquí estoy muy a gusto, de verdad. Tal vez algún día me marche, eso nunca se sabe, depende de diversos factores. El tema profesional, entre ellos. Pero las grandes ciudades me agobian un poco, prefiero los sitios más pequeños”, admite. Marga dirige desde 1997 su propio grupo escénico y ella misma diseña la coreografía y confecciona las bonitas piezas del vestuario: “Yo me lo guiso y yo me lo como”, dice orgullosa.
No prodiga sus apariciones frente al público. Esta arrebatadora señora sólo exhibe sus habilidades en fiestas privadas y algún que otro evento cultural organizado por las administraciones públicas insulares.
Marga Molina sintetiza lo tradicional y lo innovador, lo más genuino, en danzas clásicas españolas y flamenco. Es fresca, espontánea y atrevida. Sueña con participar en una próxima película de Pedro Almodóvar, cuyos “toques de fino humor” admira. Se ha puesto al corriente de la informática y cocina una tortilla de patatas “divina”. Dos virtudes a añadir a la lista. A ella le entusiasma el baile, la catarata de sentimientos que provoca. “Es arte y pasión, alegría y tristeza. Todo”, exclama. Y nos lo va demostrando.
No, no, no. Ni pretendemos ser nostálgicos ni retomar el debate analógico vs. digital; simplemente informar de que cada jueves el bar de Las Dalias ofrece la posibilidad de desempolvar la colección de vinilos -si es que alguna vez tuvo polvo...
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