Bonnie Strange es el tipo de mujer que no se puede definir con una sola frase. Modelo, musa, música, madre… y una magnética reina de la autoexpresión cuyo estilo intrépido se adapta a diferentes estados de ánimo e identidades. Es totalmente única, capaz de cambiar de registro con naturalidad, pasando de las sombras góticas a la rebeldía punk o a una edulcorada Barbie.
Siempre rompiendo las reglas sin complejos, no sorprende que Bonnie fuera noticia a principios de la década de 2000 como la auténtica It-Girl de Alemania, y que desde entonces haya seguido llamando la atención. Durante casi dos décadas, se ha labrado un estatus de culto: ha protagonizado campañas para Jean Paul Gaultier, MAC Cosmetics y Adidas, ha aparecido en las páginas de Vogue Alemania y ha iluminado las pantallas de Germany’s Next Topmodel. Hoy, con 1.5 millones de seguidores en Instagram y una carrera en ascenso como DJ y productora musical con fluidez de géneros, Bonnie sigue siendo tan inconformista como siempre.
Pero bajo su apariencia atrevida y transgresora se esconde una calidez poco común, una inocencia abierta e infantil envuelta en un espíritu discretamente acogedor. Con un cóctel de helado rosa neón con nata montada y una cereza junto a la piscina en su villa de Ibiza, comienza a compartir su historia. Juguetona, inesperada e inconfundiblemente ella misma, Bonnie explica cómo su refugio bañado por el sol le brindó el espacio para bajar el ritmo, enfocarse y abrir un nuevo capítulo creativo impulsado por la música y la individualidad, en el que podía experimentar,actuar y ser totalmente sincera.
Aterrizó en Ibiza, madre primeriza, en 2018 agotada por el ritmo implacable de Berlín y anhelando algo más tranquilo para ella y su hija. Lo que iba a ser una escapada rápida se convirtió en algo permanente: criar a su hija descalza en la playa, rodeada de naturaleza, respirando por fin a su propio ritmo. Pero no fue sólo un cambio de estilo de vida, también fue un ajuste de cuentas. “Era madre soltera, trabajaba sin descanso como modelo, negociaba acuerdos con marcas y aun así me sentía completamente vacía”, admite. “Tenía dinero, claro, pero pensaba que había perdido mi oportunidad, lo único que quería: mi música”.

La isla le permitió empezar de cero. Bonnie compró sintetizadores, aprendió a producir por su cuenta y convirtió su sótano en un estudio. “Ahora compongo todas mis canciones”, sonríe. “La gente decía que no podía hacerlo porque era una chica y tenía 36 años. Un poco más tarde, tenía mi primera maqueta. Eso fue todo lo que hizo falta”.
Su música actual es una exuberante colisión de texturas retro y optimismo rave. “Me encanta todo: los 60, 70 y 80, el metal, el house, el Barbiecore y el hard techno. Mis sesiones fusionan géneros para despertar alegría pura, impregnada de la vibrante energía de Ibiza. La gente no necesita drogas para sentirse en éxtasis, sólo movimiento y la euforia de la música”.
Y no es sólo el sonido: toda la estética de Bonnie es fluida en cuanto a géneros. Combina estilos en su vestuario igual que mezcla ritmos: salvaje, impredecible y llena de propósito. Para ella, vestirse no tiene tanto que ver con la moda como con la transformación. “Un día soy gótica, al siguiente soy Barbie. Bonnie es un personaje, la DJ es otro. No se trata de ceñirse a un estilo, sino de jugar. Me encanta vestirme como si fuera a una fiesta temática, aunque sea lunes. En el fondo, soy bastante tranquila, quizá incluso tímida. Pero disfrazarme me permite canalizar todas esas partes de mí misma que no puedo explicar con palabras”.
Ibiza solo aumentó esa libertad. “¿El verdadero estilo aquí? No son los collares de turquesa y el encaje blanco que venden. Son los hippies de la vieja escuela, los que visten lo que les da la gana y no les importa lo que piensen los demás. Ésa es la Ibiza que amo”. Al entrar en su casa, esa filosofía se hace evidente: paredes rosas, reliquias católicas, figuritas de extraterrestres, caos vintage y pelucas, cientos de ellas. Su vestidor parece más una tienda de disfraces alucinante que un armario. La casa es un paisaje onírico de Tarantino: jovial, provocativa y definitivamente femenina. “Puedo pasar semanas aquí sin salir. Me encanta”, sonríe.
Pero la historia de Bonnie no es sólo pelucas extravagantes y raves. Bajo el caos de colores pastel se esconde una cruda honestidad. No lo tuvo fácil, y ella es la primera en decirlo. Nacida en Siberia y criada en Alemania, atribuye su fuerza a las mujeres luchadoras que la criaron. “Éramos sólo nosotras, las chicas”, dice. “Mi madre, mi abuela y mi bisabuela: nos mudamos juntas a Alemania, todas en una habitación diminuta. Mi abuela había sido médica en Rusia, pero en Alemania trabajaba como limpiadora porque sus títulos no eran válidos. Era una fuerza de la naturaleza”, recuerda con lágrimas en los ojos. Ese legado de resiliencia moldeó todo lo que Bonnie es hoy y la ayudó a superar batallas más silenciosas y complejas.
Neurodivergente y tras descubrir que padece afantasia, la incapacidad de formar imágenes mentales, Bonnie ha tenido que luchar para aceptarse a sí misma. “Solía pensar que todo el mundo mentía cuando decía que podía “ver” algo en su cabeza”, afirma. “Me hacía sentir rota”. Pero con el tiempo, ha llegado a creer que esas mismas peculiaridades podrían ser sus superpoderes creativos.
“No puedo imaginarme un atuendo. Tengo que ponérmelo. No puedo visualizar una escena. Tengo que construirla”, explica. “Quizás por eso hago tantas cosas: necesito verlo físicamente para entenderlo”. Para alguien cuya creatividad abarca la moda, la música, las artes visuales, la interpretación y su propia colección de arte personal, su particular enfoque sensorial alimenta un arte instintivo y sin filtros.
De cara al futuro, Bonnie está creando sus propias fiestas, “Hot Girls”, experiencias inmersivas basadas en el sonido, el estilo y la alegría. “Estamos trabajando en algo diferente”, insinúa. “Pero no se trata de crear expectación. Se trata del ambiente: la energía de principios de la década de 2000, los labios rosas y gente guapa bailando sin ningún objetivo”. En un mundo cada vez más moldeado por las marcas y los personajes algorítmicos, Bonnie sigue siendo gloriosamente inclasificable. “No soy una sola cosa. Nunca lo he sido”. Y eso, en definitiva, es su mayor poder.
Photography:: Lela Radulovic
Make Up:: Katharina Indorf
Hair:: Riccardo Andrenacci
Hair Assistant:: Chiara Riziero
Location:: Los Felices Ibiza Hotel