Cuando Carles Guasch habla de pintura, no lo hace como quien describe una técnica o un estilo, sino como una forma de estar en el mundo. Su obra no busca agradar ni decorar: nace de una pulsión interior. “La necesidad de comunicarme me impulsó a hacerme pintor”, confiesa. “Quizás por timidez, por tener todo un mundo interior que necesitaba volcar de alguna manera”. Guasch no pinta para entretener. Pinta porque no hacerlo sería traicionarse. Y eso se nota. Cada lienzo suyo es el resultado de una lucha silenciosa entre forma y emoción, entre estructura y libertad. “Uso mucho el azul, el ultramar y el cobalto, más como sustantivo que como adjetivo”, explica. A partir de ahí, despliega una sinfonía cromática hecha de rojos complementarios, amarillos que asoman con timidez, grises… Como notas musicales que se repiten y se entrelazan. Como una melodía abstracta. Él lo llama “secuencias”.

Nacido en la isla y formado primero en la Escuela de Artes de Ibiza y luego en la Escuela Massana de Barcelona, Guasch es uno de los artistas más representativos de la abstracción contemporánea en la isla. Pero sería un error entenderlo solo desde el prisma local. Su obra ha viajado, y mucho, con exposiciones en toda España, en Europa y en Estados Unidos, y una proyección internacional que convive con su voluntad de arraigo. Ibiza no es solo su casa, sino también una parte fundamental de su esencia artística. Su primera exposición, nada menos que en el Ateneo de Barcelona, le marcó para dedicarse de lleno a la pintura, “fue como un proyectil que me lanzó a los años posteriores”, recuerda.

Fundador del EivissArtGrup en 2011 junto a otros 10 artistas abstractos incluyendo a con Gilbert Herreyns o Tur Costa, presidente de la asociación artística AAVIB durante 10 años y presidente de los Premis Vuit d’Agost de Pintura, Guasch sigue hoy por hoy profundamente implicado en el devenir artístico de la isla. “En Ibiza hay mucho arte, desde los años 60, pero no se le ha dado la importancia que tenía. El foco ha sido siempre el ocio, y eso ha eclipsado la cultura creativa de la isla”. Con una lucidez crítica nada complaciente, denuncia la desconexión de algunas galerías con la realidad local y lamenta la ausencia de una pedagogía del arte que eduque el gusto, que enseñe a mirar. “Abren en la isla algunas galerías muy exclusivas, que no tienen contacto con Ibiza, están aquí porque Ibiza tiene una clientela con mucho dinero, pero usan Ibiza como un escenario, no se involucran con la cultura de aquí”. Y matiza “Cuando yo empecé había menos pintores, pero no había tanto aficionado. Incluso gente que se jubila y se pone a pintar ya quiere exponer”. Una paradoja que resume en que en la isla “hay mucho relleno, pero también mucho nivel artístico”.

Su discurso es firme, pero no elitista. De hecho, defiende la subjetividad del arte y la libertad del espectador. “La abstracción es para que cada uno vea lo que le dé la gana, o no vea nada y le guste”. Por eso ha dejado de poner títulos a sus obras: “condicionan al espectador”. Y también por eso se aleja de las modas efímeras y del espectáculo vacío: “¿Dónde está el arte en todo esto?”, se pregunta ante ciertas provocaciones mediáticas, como el famoso plátano de Maurizio Cattelan vendido por más de 6 millones de dólares. En contraposición, señala cómo sus referentes artísticos, como Tapies o los artistas del grupo El Paso, siguen absolutamente vigentes a día de hoy. Y, sobre todo, se muestra profundamente preocupado ante un mundo que se vuelve cada vez más materialista y donde los jóvenes están cada vez más desconectados del mundo del arte. “En las exposiciones veo siempre a gente mayor” y añade “los jóvenes ahora solo quieren ser influencers, ¿pero para aportar qué?”.

El suyo es un compromiso que no admite concesiones y de una exigencia feroz. “He destrozado mucha obra que seguro que otro querría tener porque yo no estaba convencido”. Cada cuadro es el resultado de días de búsqueda, correcciones, intuiciones. Y solo cuando siente que la obra ha alcanzado un equilibrio, cromático, y emocional, considera que está terminada. A lo largo de los años ha mantenido una coherencia estilística que le permite ser reconocido en cualquier parte, sin haberse repetido nunca. “Trabajo dentro de un mismo lenguaje y punto de vista. No es que haga siempre lo mismo, es que tengo un estilo propio.” Y ese estilo, elegante, denso, luminoso, ha sido el vehículo con el que ha dialogado con otros artistas, con la poesía, con el paisaje, con la historia.

Ha ilustrado libros, como los haikus de “Des de l’illa” junto a su amiga Nora Albert, probablemente su colaboración más querida, y ha sido impulsor de proyectos colectivos, comisario de exposiciones… Porque más allá de su faceta de creador, Carles Guasch también ha sido y sigue siendo una figura clave en la vida cultural de Ibiza. Hay algo profundamente honesto en su mirada, en su forma de hablar y de pintar. No busca aplausos ni titulares. Busca conmover, provocar una emoción genuina, despertar algo íntimo e irrepetible. Como él mismo dice, “lo más importante de la vida no se puede explicar. Son sensaciones. Y el arte, si es bueno, tampoco necesita explicación.”