Si eres alemán, ya conoces al panda. Durante más de una década se ha convertido en uno de los símbolos culturales más reconocibles del país, algo curioso hablando de alguien a quien, en realidad, nadie ha visto nunca. CRO es uno de los mayores éxitos musicales de Alemania de los últimos quince años. Ha creado un género propio al que llama “Raop” y una carrera marcada por recintos con entradas agotadas, un álbum de platino, el hito de ser el artista más joven en actuar en MTV Unplugged Alemania y una comunidad de fans que le ha acompañado a lo largo de cinco álbumes sin haber visto jamás al hombre tras la máscara. En una época que premia la exposición constante, se ha hecho famoso precisamente por ocultarse, consiguiendo que una silueta se volviera tan reconocible como sus canciones.

Pero la máscara nunca formó parte de una estrategia elaborada. Surgió por casualidad, justo cuando las redes sociales empezaban a recompensar la exposición permanente. Mientras todos los demás parecían empeñados en documentar cada detalle de sus vidas, él nunca quiso. “De repente, la gente compartía cada detalle de su vida en Internet”, afirma. “Yo nunca sentí la necesidad de hacerlo”. Así que empezó a publicar música sin mostrar nunca su rostro. Su discográfica se percató rápidamente de que el anonimato y el misterio estaban creando algo que ninguna campaña de marketing habría podido generar y decidió confiar en el proceso. Después de probar distintos disfraces, surgió el panda. “Era sencillo: blanco y negro, combinaba con cualquier look y a todo el mundo le encantan los pandas”, explica. La primera vez que se vio fotografiado con él, lo supo. “Es esto”.

Antes de la música, CRO, formado como diseñador multimedia, trabajó como dibujante de cómics, ilustrador y diseñador de ropa. El panda nunca fue un alter ego, sino otro medio creativo surgido de forma natural del lenguaje visual que ya había desarrollado mucho antes de la música. Lo que en un principio parecía un personaje cuidadosamente construido se ha revelado con el tiempo como algo más instintivo: otra forma de explorar junto a la música, el diseño y otras disciplinas que siguen dando forma a su trabajo.

“Cuando pruebas cosas nuevas, visitas lugares nuevos y mantienes viva la curiosidad, la vida se vuelve más rica porque atesoras muchos recuerdos e ideas diferentes”, afirma. Su proceso suele cambiar con cada proyecto, a veces arranca por una nueva habilidad que aprender o un enfoque distinto. Para un álbum, aprendió a tocar la guitarra para aportar un toque más Woodstock; para otro, recurrió a la cinta analógica para reinventar su estilo de producción y conseguir un sonido más cálido y vintage. “Cada nueva habilidad abre otra puerta creativa. Cuanto más aprendo, más conceptos y opciones tengo para lo que pueda crear a continuación”.

Es esa misma curiosidad por la vida y la creatividad la que ahora le ha traído a Ibiza. Más allá de los clichés sobre la vida nocturna, ve una isla impulsada por personas que crean, emprenden y colaboran. Está construyendo un estudio, aprendiendo español y pasando más tiempo tras los platos, no como una reinvención, sino como continuación de una práctica creativa que nunca se ha limitado a un único campo. Su ambición es deliberadamente sencilla: “Me encanta el mar, la comida, la gente y el ambiente. Ahora mismo, Ibiza es el lugar donde quiero estar”.

Ibiza es el último capítulo de una búsqueda más amplia de equilibrio. Berlín ya no le ofrecía el anonimato de antes. A medida que los smartphones convertían a cualquier desconocido en fotógrafo, el misterio que antes le había protegido empezó a pasarle factura. Dio un paso atrás, cambiando el ritmo de la vida urbana por el surf, el yoga y mañanas más tranquilas al otro lado del mundo. Sin embargo, con el tiempo, volvió a desear un entorno diferente. “Empiezo a sentirme listo para algo nuevo otra vez”, afirma. “Para volver al movimiento”. Ibiza, con su combinación de calma, caos e impulso creativo, parece el escenario natural para lo que está por llegar.

A pesar de su fama, su ritmo parece meditado, guiado por el instinto más que por la urgencia; simplemente sigue la dirección que le parece correcta. “Me paso unas semanas componiendo música y, después, de manera natural, me apetece pintar. Tras pintar un tiempo, vuelvo a echar de menos la música. Entonces, quizá me apetezca viajar, salir de gira o aprender algo completamente nuevo”, afirma. Ese movimiento constante, esa necesidad de cambio y descubrimiento, es parte esencial de su forma de ser.

Ahora, bajo el nombre de Carlito, ha retomado la pintura en paralelo, con exposiciones y obras abstractas desarrolladas independientemente de los ciclos discográficos o de la promoción. Durante la sesión fotográfica, descubrimos esta faceta alternativa mientras vuelve una y otra vez a una prenda colocada a su lado. Pincel en mano, añade otra capa de pintura cada vez que hay una pausa, trabajando con la misma concentración que dedica a todas sus actividades creativas. Cuando se guardan las cámaras, ya ha tomado forma otra pieza única, en parte pintura, en parte objeto, en parte moda. Puede que incluso esté a la venta.

Sea cual sea el formato, la lógica es la misma. Música, pintura, ilustración, moda, diseño y pinchar, con suerte también en Ibiza, forman parte de una misma conversación, alimentándose unas a otras en lugar de existir por separado. El panda le hizo reconocible al instante a través de la música, pero nunca fue toda la historia, sino el primer punto de contacto visible con un artista que se mueve entre disciplinas sin quedarse anclado en una identidad fija. Al terminar la sesión, le pregunto si hay algo que quiera añadir. Hace una pausa, se ríe y responde: “En primer lugar, hola, mamá. Y, por supuesto, un saludo a Bonnie Strange… Nos vemos en Ibiza”.