A medio camino entre una obra de teatro, un pueblo efímero y el argumento más convincente contra la vida adulta, Hotel X regresó a Ibiza esta primavera para celebrar su segunda edición. Creado por Christiana Rigaud y Maral Purmandi, este hotel pop-up bianual de 24 horas no es realmente un hotel. Los hoteles son lugares donde alguien te indica dónde se sirve el desayuno. Hotel X es lo que ocurre cuando dos mujeres con una visión poco convencional de la creatividad deciden que una villa debería funcionar como un subconsciente colectivo y, de alguna manera, convencen a un pequeño ejército de artistas y personas curiosas para pasar allí un día.
Lo primero que conviene destacar es que nada sucede por casualidad. Desde fuera, Hotel X puede parecer maravillosamente caótico. Pequeñas puertas aparecen en las paredes. Los baños se transforman en teatros de ópera. Desconocidos comparten confesiones que probablemente nunca han contado a sus terapeutas. Sin embargo, bajo esa aparente locura hay un nivel de detalle casi obsesivo. Cada habitación, cada transición y cada giro emocional forman parte de un viaje compartido. El primer Hotel X ya dejaba entrever lo que Rigaud y Purmandi estaban construyendo. Todo comenzó, como era de esperar, con una comida, pero no una de ésas en las que la gente intercambia novedades de LinkedIn mientras finge disfrutar de la quinoa. El encuentro inaugural arrancó con un festín persa preparado por la chef Banita. Los invitados brindaron, no por sus éxitos, sino por sus sombras, sus mayores errores, sus fetiches secretos y sus fracasos más memorables. En apenas veinte minutos, desconocidos celebraban juntos desengaños amorosos, malas decisiones e imperfecciones profundamente humanas.
A continuación, los asistentes entraron en The Fluffroom, una estancia “Cloud 9”, repleta de una cantidad no revelada, aunque seguramente excesiva, de suave pelusa blanca. Allí, mientras los sonidos sagrados de Marta llenaban el espacio, unos flotaban, otros meditaban y muchos simplemente ahondaban en su subconsciente. Más tarde, Lo Fang actuó frente a una puesta de sol tan espectacular que parecía que la propia Ibiza estuviera presumiendo de su belleza. La poesía de Christiana Rigaud iba hilando espacios, emociones y personas como un delicado hilo invisible. Después llegó The Black Dinner. Creada por el chef Abel y la artista visual Lala, la experiencia invitaba a los asistentes a entrar en una sala repleta de color donde, paradójicamente, todos los elementos de la mesa eran negros. La cena exploraba la idea de que las cosas más bellas suelen surgir después de atravesar la oscuridad.
Este año, este universo se hizo más grande. La invitación pedía a los asistentes acudir representando su emoción del momento. No con su mejor estilismo, ni con su personaje de festival. Con su emoción auténtica. Suspendida sobre el Mediterráneo, la casa parecía menos una propiedad y más una manifestación física de la imaginación. Escaleras ocultas desaparecían en rincones inesperados. Diminutas puertas escondían mundos enteros. Los dormitorios se transformaban en escenarios y los pasillos se convertían en portales. Los invitados eran recibidos por Sasha Crespi, una figura a medio camino entre poeta, filósofo y mago. Sobre un acantilado frente al mar, Rigaud y el guitarrista electrónico Etna inauguraban el encuentro mientras todos contemplaban el horizonte. Lex Empress transformaba emociones pintadas en canciones improvisadas y tapices tejidos. Ellabanna y el virtuoso violinista Fabrice You guiaban a los participantes en una exploración de la intimidad. Oculta bajo una escalera, la Transformation Station de Purmandi no preguntaba quién eres, sino en quién te estás convirtiendo.
En otro rincón, Joy y DJ Ares devolvían a los adultos a la infancia a través del movimiento, las plumas y una divertida pelea de almohadas. Sebastian Urbanke transformaba un cuarto de baño en un teatro de ópera. Por su parte, las Ancestral Airlines de Jemma, invitaban a los asistentes a desprenderse de su equipaje emocional antes de embarcar en vuelos imaginarios hacia futuros aún por escribir. Pero la verdadera genialidad de Hotel X no reside en una habitación concreta, una actuación o una instalación determinada. Su magia nace del ecosistema que se crea entre todas ellas. Durante veinticuatro horas, los artistas dejan de actuar para el público y comienzan a crear junto a él. La frontera entre espectador y participante desaparece. Hotel X regresa este octubre con su tercera edición. No hay entradas. No hay zona VIP, ni lista de invitados. Sólo una invitación dirigida a quienes conservan suficiente curiosidad, imaginación y ganas de maravillarse. Porque después de contemplar el mundo, también hay que ofrecerle al mundo algo digno de contemplar.
Hotel X fue creado por Christiana Rigaud y Maral Purmandi. Christiana creció en un orfanato que ella misma describe como “una casa constantemente en llamas”. En algún momento descubrió que un simple lápiz de cincuenta céntimos podía convertirse en una vía de escape. Desde entonces ha dedicado su vida a crear mundos a través de la poesía, la performance y la narrativa. La historia de Maral comenzó en Irán, antes de que su familia huyera de la persecución política y reconstruyera su vida en Alemania. Crecer entre países, culturas e identidades despertó en ella una pregunta esencial: ¿en quién nos convertimos cuando nadie nos dice quién debemos ser? Juntas comparten una profunda curiosidad por la transformación. No la de Instagram. La auténtica. Hotel X nació de una observación sencilla: todos anhelamos comunidad, creatividad y conexión, pero hay muy pocos espacios diseñados para que eso suceda realmente. Así que decidieron crear uno.
