A veces todo empieza con un paseo. No con una idea, ni con un boceto, sino con algo tan simple como mirar el suelo. Recoger una hoja, una semilla, una forma sin un destino claro. En el caso de Daniel Salorio, ese gesto ya intuitivo es el origen de un trabajo que lleva casi dos décadas transformando materia vegetal en lo que él define como “esculturas botánicas”.
Nos encontramos en Santa Gertrudis, muy cerca del coqueto Estudio Laterna, donde acaba de desmontar su última exposición en la isla. Las piezas ya no están, pero permanece la sensación de haber entrado en contacto con formas vivas suspendidas en el aire, entre lo orgánico y lo soñado.
Salorio no estudió arte. Tampoco quiso. “Se me daba fatal dibujar”, cuenta. Su camino empezó en la música, como percusionista, con formación en Cuba y Brasil, y proyectos como el grupo Livika o el actual TranceUntes, donde mezcla ritmos orgánicos con una puesta en escena entre el directo y lo electrónico. Pero su lenguaje plástico nace en Ibiza, hace muchos años, durante un verano en una casa perdida en medio del campo. “Había mucho tiempo muerto y un jardín muy especial”, recuerda. Empezó a jugar con restos vegetales, a construir pequeños insectos. Y algo encajó.
Desde entonces, su proceso apenas ha cambiado. Todo empieza fuera del taller. En el campo, en un jardín, en un viaje. Salorio recoge elementos que le llaman la atención por su forma, su textura o una intuición difícil de explicar y los recopila sin saber aún en qué se convertirán. En su estudio, organizado en cajas transparentes, esas piezas esperan el momento de ser ensambladas. Sin apenas intervenir. Sin forzar. Dejando que la forma surja. “Yo la parte orgánica casi no la toco”, explica. Su trabajo consiste más en unir que en transformar, en respetar cada estructura original para que, al combinarse, genere algo nuevo. Es ahí donde aparece lo que él llama la “metaforma”, una figura que el ojo reconoce, pero no del todo. Un ave, un insecto, un pez. O algo completamente distinto. Esa ambigüedad es parte de su lenguaje. “Nuestro cerebro completa la realidad de forma natural”, dice. Y en ese juego entre lo que vemos y lo que creemos ver reside la fuerza de su obra. Su universo se alimenta de esa observación constante. A veces de forma casi obsesiva. Le fascina, por ejemplo, la estructura de ciertas semillas. El cocotero, explica, tiene una semilla enorme que rara vez llega intacta al suelo. Cuando lo hace, la convierte en piezas de gran formato: ballenas de hasta dos metros construidas a partir de un único elemento vegetal.
Pero hay también una herencia en su arte. Su abuelo y su bisabuelo eran pintores, este último con obra en el Museo del Prado. Su abuelo le mostró que el arte está en todas partes, pintando en un mantel de papel de un restaurante, en las piedras en la playa o en los colores que se observan al caminar. “De alguna manera le debo una forma de mirar”, reconoce.
Aunque no se define como un artista ecológico, su trabajo inevitablemente despierta una sensibilidad hacia la naturaleza. Le ha pasado más de una vez: alguien visita una exposición y, días después, le dice que ahora mira las hojas de su jardín de otra manera.
Hoy su trabajo se expone de forma recurrente en galerías de Madrid como Materna y Herencia, junto al Real Jardín Botánico, o The Romanach, mientras que fuera de España su obra ha encontrado un encaje natural en espacios como Atelier Manos, donde presentó una instalación compuesta por decenas de aves suspendidas que atravesaban el espacio expositivo en pleno vuelo. También hay obra suya en el Museo del Objeto Encontrado de la Fundación Antonio Pérez, en Cuenca. Su red de contactos se ha ido construyendo de forma orgánica. Instagram, en su caso, también juega un papel clave: su obra, tan visual, funciona especialmente bien en ese formato. En paralelo, sigue trabajando desde su estudio, donde también vende directamente. Porque, como él mismo dice, la vida del artista hoy implica hacerlo todo: crear, fotografiar, gestionar, enviar…
Su universo es inagotable. Una misma planta puede dar lugar a infinitas piezas. Una hoja que cae en un lugar u otro cambia su forma, su textura, su historia. A eso se suma su interés por viajar a lugares como Guatemala o, próximamente, Costa Rica, donde encuentra nuevas formas y estructuras.
En un momento dominado por lo digital y la inteligencia artificial, su trabajo conecta con algo distinto. Más lento, más físico, más real. “Antes esto se veía como algo más hippy, ahora soy auténtico”, comenta con cierta ironía. Quizá por eso está viviendo un momento especialmente dulce. Aunque sin perder de vista la incertidumbre que acompaña siempre al oficio. “Hay épocas en las que vendes mucho y otras en las que no vendes nada”, admite. La clave, dice, está en no perder el equilibrio: vender, sí, pero sin traicionar el proceso.
Porque, al final, todo vuelve a ese gesto inicial. Salir a caminar. Mirar. Recoger. Y dejar que la naturaleza, con toda su inteligencia y su capacidad de adaptación, obre el milagro.
