Uno de los vestigios más sorprendentes y relevantes de la historia de Ibiza y Formentera lo tenemos en las murallas renacentistas de la ciudad antigua (Dalt Vila) y en las torres de vigilancia y defensa que se suceden en sus litorales. Pero si la fortificación urbana que hoy es ‘Patrimonio Universal de la Humanidad’ se hace presente por su monumentalidad a cualquiera que visita la ciudad, el viajero sólo descubrirá las torres de vigilancia en un recorrido perimetral del litoral insular que hoy puede hacerse cómodamente en coche y que proporcionará al excursionista una experiencia fascinante. Viajaremos hacia atrás en el tiempo, evocaremos una circunstancia azarosa en la que la piratería no era un argumento de novela sino una amenaza real, y disfrutaremos de soberbios paisajes, no en vano, las torres, para cumplir su función, ocupan siempre lugares elevados, cabos, promontorios, acantilados o islotes que, invariablemente, ofrecen dioramas dilatados y prodigiosos.

Ibiza y Formentera fueron árabes durante más de 300 años y tras su conquista el 1235 por los catalanes, no dejaron de recibir la siniestra visita de quienes habían vivido en ellas y que, conociéndolas bien y aprovechándose del factor sorpresa, desembarcaban en pequeñas calas y, en rápidas incursiones sobre los caseríos dispersos, se llevaban cuanto encontraban en ellos, bienes, animales y, sobretodo, mujeres y niños por los que luego pedían el correspondiente rescate.

En este contexto, las torres estaban dotadas de vigilantes que, al avistar velas enemigas, comunicaban el peligro a las otras torres y a las casas vecinas haciendo sonar un cuerno marino y con una fogata de ramas verdes que levantaban mucho humo si era de día, o con ramaje seco por las noches para que las llamas se vieran en la oscuridad y en la distancia. Estas alarmas ofrecían distintas alternativas. Los habitantes de las casas aisladas se refugiaban en los torreones que suelen tener las mismas viviendas rurales y, si quedaba cerca alguna iglesia, buscaban abrigo en ella porque su construcción castrense les proporcionaba refugio. La señal de peligro y alerta que se pasaba de una a otra torre, permitía que la alarma llegara a la ciudad, desde donde salían algunas barcas armadas en corso –es decir, con licencia de la corona- para enfrentarse a los piratas. En recuerdo de aquellas heroicas gestas, el viajero podrá ver, en el puerto de Ibiza, el único monumento que existe en el mundo dedicado a los corsarios.

Las torres de defensa que verá el viajero las construyeron los técnicos del Rey entre los siglos XVI y XVIII. Todas son de estructura circular, de gruesos muros (2,50 m. de espesor), una altura 8 o 9 metros, dos plantas abovedadas con escalera de caracol empotrada en la pared interior y una plataforma exterior artillada con garita y matacán. La puerta está siempre a considerable altura del suelo, de manera que sólo se puede acceder a ellas con una escala que, una vez dentro, sus ocupantes retiraban.

Para visitar las torres, es aconsejable iniciar el recorrido por el referido monumento a los corsarios ibicencos, en el puerto de Ibiza, y luego iniciar la excursión empezando por el sur de la isla. Su localización no plantea problemas porque cualquier mapa turístico las recoge. El que detallamos a continuación, puede ser un buen itinerario:

1. Torre de Sa Sal Rossa. (platja d’en Bossa) 2. Torre de ses Portes (platja de Mitjorn o les Salines). 3. Torre des Savinar (Cap des Jueu), 4. Torre d’en Rovira (Cala Comte). 5. Torre de la iglesia de Sant Antoni. 6. Torre des Molar (Port de Sant Miquel). 7. Torre de Portinaitx (Punta Mares). 8. Torre de Campanitx (Punta d’en Valls). 9. Torre de la iglesia de Santa Eulària. 10. Torre de la isla de l’Espalmador. 11. Torre de sa Punta (Punta Prima). 12 Torre des Pi d’es Cátala (Racó de s’Argila). 13. Torre de Barbaria (Cap de Barbaria). 14. Torre de sa Gavina (Punta Gavina). Las 4 últimas están en la isla de l’Espalmador y Formentera, y pueden visitarse en una excursión a la pequeña Pitiüsa, atravesando el estrecho de los Freos en un trayecto que discurre por la Reserva Natural de las Salinas y que va dejando, a uno y otro lado, un rosario de islotes y faros en un paraje marino paradisíaco que ofrece las aguas más puras y trasparentes del Mediterráneo.

En los últimos tiempos, ya en el siglo XX, algunas de estas torres de vigilancia han sido aprovechadas por personajes singulares que han encontrado refugio en ellas para cumplir su sueño de una vida solitaria. Durante muchos años, por ejemplo, en la Torre de ses Portes vivió un pescador que se hacía cada día a la mar con su pequeña barca y que luego cambiaba sus capturas en el bar de la Canal, (junto al embarcadero de las Salinas), por legumbres, azúcar, sal, café o cualquier cosa que necesitara.

También estuvo habitaba durante los años 30 la Torre d’en Rovira. Y la del Cap des Jueu, frente al mítico Vedrà, y que el escritor Blasco Ibáñez llamó ‘Torre del Pirata’ en su novelón “Los muertos mandan”. En aquel torreón habitó en los años 60 del siglo pasado una extranjera que vestía siempre pantalones, calzaba botas y sólo de tarde en tarde aparecía por el pueblo de Cubells con un enorme capacho para comprar provisiones. Era escritora, pintaba y en torno a ella se creó una leyenda que cada quien ampliaba con extravagantes variaciones. El caso es que las torres tuvieron así una segunda vida en estos personajes bohemios que buscaron en ellas su robinsoniano retiro. Hoy, las torres son un extraordinario testimonio del pasado, crean un paisaje propicio a la leyenda y constituyen, junto a las murallas renacentistas de Ibiza, un elemento de incuestionable valor patrimonial.

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